De como durante las noches alucinadas en fiebres de niño chico me asaltan recuerdos ajenos y me acosan como fantasmas y no me dejan en paz hasta que me obligan a exorcizarlos en papel y tinta, y entonces tampoco me quedo tranquila porque descubro que he tenido la poca vergüenza de inventar una vida falsa para poder contar un único solo recuerdo real, que es justamente el del final de esa vida. Qué derecho tenía yo.
Se ve a sí misma temblando feliz de frío, chillando entre el susto de la aventura de perder la seguridad de la firmeza del suelo bajo los pies desnudos y la alegría infinita de volar flotando en el agua. Se oye gritar a la vez de miedo y de gozo, mientras le salpican la cara los juegos de los otros niños que sí saben nadar. Se ve de pronto feliz de sentir el fondo del río bajo su peso y acercarse dificultosamente un poquito más a la orilla, hasta que el agua ya no le cubre totalmente sino que le llega al borde de sus costillas de niña chica, y ve cómo en el mismo instante en que se siente por fin a salvo dentro de la inmensidad del gran río pero con los pies en tierra firme, todo el miedo se transforma en alegría en estado puro y felicidad del juego y ve también cómo toda ella se transforma, pasa de ser víctima fácil de las ahogadillas y los salpicones de los otros, a salpicadora insaciable y sin piedad de todo niño o niña que se acerque lo bastante, y es tan, pero tan absoluta y completamente feliz en ese instante que ni siquiera repara en el fondo de envidia y amargura que suena como un eco en las risotadas divertidas de las niñas grandes, esas que ya son pollitas y no pueden meterse en el agua con tanto niño revuelto, porque estaría mal visto y las viejas que toman el sol junto a la tapia hablarían mal e informarían a las correspondientes madres sobre las imprudentes hijas, pero sobre todo informarían a toda la parroquia, para que cualquiera que lo necesitara pudiera saber sobre la conducta de las pollitas casaderas. Sí, esas viejas que ya ni siquiera se plantean donde está físicamente ese Libro de las Buenas Costumbres, ese libro que lo prohíbe todo y en donde está escrito que una mujer no puede bañarse en el río sin perder la dignidad, esas mismas viejas que de niñas también jugaban y chapoteaban en el mismo gran río y que tanto les gustaba la libertad que daba el agua, y que tanto lo sintieron cuando fueron expulsadas del paraíso líquido al cumplir la edad en que la mujer pasa la frontera entre la infancia y la esclavitud
Pero eso ella solo lo ve ahora, que ella ya es mujer también y vieja, y se ha tenido que aprender de memoria el libro de las buenas costumbres, aunque nunca lo ha leído; primero porque no lo ha tenido nunca en sus manos, y segundo porque no sabe leer.
Así que se vio también de pollita, riendo divertida las travesuras de los pequeños en el agua, vigilante que no se le ahogue ninguno, añorando esos juegos ya prohibidos para ella, pero no para los niños de su misma edad que también eran pollitos pero cuya dignidad queda intacta después de un buen chapuzón en el río. Ahora ve que ese fue el momento en que sin saberlo se rindió y se resignó a llevar para toda su vida sobre su cabeza el peso inhumano de las páginas del libro de las Buenas Costumbres. Y ve también, que no lo veía entonces, cómo las viejas que tomaban el sol y dormitaban junto a la tapia, en realidad vigilaban a su vez a las pollitas, cuidando que no se les malograra alguna, o que en su caso, que no se les perdiera detalle para poder relatarlo luego con escandalizada fruición a la correspondiente madre y a la correspondiente parroquia.
En estos momentos es en el río donde le gustaría estar, aunque sólo fuera sentada en la orilla removiendo con los pies la superficie del agua.
Se ve de pronto, o más bien se intuye en las sombras de la oscuridad, intentando que su cuerpo se reduzca y tome el tamaño de ese rincón más escondido entre las dos tapias de su azotea, apretándose desesperadamente con una saña de animal que escapa de una partida de cazadores sádicos. Hace a pura fuerza que su cuerpo tome la forma de ese rincón, que se disuelva en la negrura de ese rincón, triángulo relleno de miedo que es ahora su carne embutida en el ángulo de dos tapias que se juntan formando el rincón del miedo.
Oye la parafernalia salvaje del saqueo y búsqueda, y los gritos de esos soldados salvapatrias que parecen querer destruirlo todo para salvar esa patraña de patria que necesitan unos cuantos poderosos para poder tener más poder.
Y recuerda que en esos momentos no sabe si verá la mañana.
Pero la mañana llega incansable, y la encuentra viva y despierta aunque muerta de miedo e ingresando en la peor de las pesadillas; aquella donde la música de fondo la ponen las botas militares al compás que les dicta alguien con el brazo alzado.
Se ve buscando a alguien que le explique qué es lo que ha pasado, el significado de ese huracán orgiástico de sangre y odio, pero sólo encuentra las caras cansadas y manchadas de sus mayores, que por una vez dejan en la estacada sus preguntas de niñas porque no tienen respuesta.
Se ve mirando la destrucción de su pequeño mundo desde las ruinas de su patio, y comprendiendo en la desolación de los geranios pisoteados que se ha acabado el mundo, y que todos están muertos y los han abandonado en el infierno de la guerra, pero se ve también agarrar la mano de la madre que sigue siendo cálida aunque triste, e intuye que siempre es posible esconderse en un rincón y tomar sus proporciones de triángulo, o las del hueco de una mano desde donde escapar, desde donde no la vean no donde no ver lo que se tiene delante.
Dulce en el hueco de la mano de madre querría estar ahora.
Se ve pasando hambre y miedo, pero sobre todo hambre, un hambre tan cotidiana y física que adquiere forma real en los costillares tristes de su pecho, un hambre ya tan entrañable que llega a ser como de la familia.
Se ve llorando por hombre muertos, por mujeres sangrantes, por niños desahuciados, y por la impotencia de tener que mirar cómo caen los cabellos de la Seño Lucía a los pies de la cruz, bajo la navaja de un señor con cara de felicidad cruel, en la Iglesia. Se ve llorar de vergüenza y de pena por la seño, por lo que le están haciendo a su seño que siempre fue tan buena, y también llorando porque la obligan a mirarlo todo, sobre todo el momento en que a la seño Lucía le hacen beber de una botella de nombre asqueroso que suena a purgante y que huele a odio y maldad. Y no sabe si le duele más lo que le está pasando a su seño, o que ella sepa que todos la están mirando así… Quisiera rezar, rezarle a Dios Misericordioso para que todo acabe pronto y la seño Lucía se pueda lavar el cuerpo y el alma y vestirse de limpio y salir a la calle y poder mirar a la cara de la gente sin que le pese la vergüenza del recuerdo de su cuerpo sucio, desnudo, maltratado, humillado que todo el pueblo ha visto en la iglesia. Quiere rezar para que la señorita Lucía comprenda que no miraban por maldad, sino porque si no miraban o mostraban pena podrían acabar sucios, desnudos, maltratados, humillados en la iglesia al igual que ella. Quisiera rezarle a Dios Todopoderoso para que a la señorita Lucía no le pase nada más, que esto sea lo peor y lo más malo que le van a hacer estas gentes malas… pero descubre de pronto que no puede rezar porque ese Dios es cruel y en vez de proteger a la seño Lucía que siempre fue tan buena, protege a sus maltratadores y permite que le rapen el pelo y le den golpes y purgantes en la Iglesia, su propia casa, bajo su cruz.
Una vez más en su vida, se pregunta en este momento dónde está Dios cuando lo necesitan, ese Dios que tanto se ofende cuando una pollita chapotea en el río pero que no mueve un pelo de su sabia barba para salvar una vida humana.
Pero luego se ve bajo esa misma cruz, con el traje de domingo que es negro y está brillado del uso, pero es lo mejor que tiene. Se ve asustada y solemne mirando a su alrededor como viéndose desde fuera, más como espectadora de su propia boda que como novia, porque todo ha sido tan ajeno a ella que no le ha dado tiempo a hacerse a la idea de ese hombre que ahora está tieso y serio a su lado, alto y firme como esos árboles que saben encajar las arremetidas de los vendavales en invierno pero dan suave sombra en verano, ese hombre que apalabraran para ella los padres, que se hicieron compadres por las cosas de la guerra, que separa y une gente sin permiso de nadie.
Se ve mirando hacia atrás y toparse con los ojos de su madre; húmedos, grandes, impotentes, abovinados, que le decían en susurros «no tengas hijas, no tengas hijas»
Mario, mario, ese marido, siempre tan cansado de bregar con la tierra del señorito, ingrata y seca, a veces enfadado, a veces ausente, pero que siempre procuró para ella y la hija una mesa de plato de lentejas y cebolla cruda a bocados, picante y nutritiva, cosa tan pequeña pero que no se puede pasar sin ella.
Mario.
Se ve perdiéndolo aún joven, de un mal aire que le trajo el tanto trabajar y el tan poco comer, tanto terruño seco y tan poca vida. Curioso como cuando lo perdió se dio cuenta lo mucho que lo necesitaba y lo había querido en vida, maldición de vida, que primero te quita lo que quieres antes de dejarte comprender que lo querías.
Ve a la hija llorando de sueño, de mañana temprano caminando a la casa de los señores donde sirve, tan pequeña que aún puede bañarse en el río, y ya condenada al trabajo.
Se ve llorando de rabia por su vida y la de su hija, deseando no haberla traído nunca a este mundo injusto y cruel donde se castiga a los buenos y se empoltrona a los sádicos, pero ya es demasiado tarde porque la niña ya tiene diez años y dentro de poco entrará en la edad de pollear, y ella misma se casará y parirá hijas para asueto de hombres desatentos y egoístas.
Se ve en la oscuridad. Años y años vestida de negro, cuando a ella lo que le gustaban eran esos estampados alegres que se pone la gente feliz que no están condenados a la cárcel de las apariencias.
Tan oscuros que es como si los hubiera pasado durmiendo, porque no sacó de ellos más que días y días de trabajo ingrato, noches y noches de cábalas ajustando hasta la última perra chica con que comprar algo de pan en el estraperlo, muchos días y muchas noches tan iguales en la pena del arrastrarse adelante que ni siquiera notó diferencia cuando se murió el señor que les dictaba.
Sí notó diferencia, a peor, cuando la hija se casó y se le cumplieron las peores pesadillas. Unos pocos años duró ese matrimonio, pero casi acaba con su hija de sus entrañas, y la nieta que llevaba dentro. Las hijas son desobedientes; las madres les piden que no engendren hijas, y ellas se empeñan en parirlas.
Aunque pobres de nosotras, no se puede decir eso, ya quisiéramos nosotras poder elegir en nuestras vidas y en nuestros cuerpos.
Se ve cambiando de pueblo, aliviada por comenzar una vida nueva y al mismo tiempo rota por dejar los rincones y las esquinas donde aún quedaban jirones y trocitos de sus recuerdos. Recuerda en un instante el primer recorrido por la nueva casa, y la sensación de frescura que le subió por los pies al subir por las escaleras de losa como un buen presagio.
Y a la nieta creciendo, corriendo por todas partes, jugando con amiguitas del colegio, aprendiendo mucho y muy bueno, leyendo libros como una diosa, lista y despierta. Se vio feliz de pensar que con esta no podrían, que es bueno que los niños vayan al colegio y se termine el tiempo cuando la dignidad se mide por los centímetros de piel al aire de la mujer, que es bueno que la niña vaya a la piscina ya que el río está demasiado sucio, el pobre, que no es malo que juegue en la calle y vaya a sitios, que lo que se vive de niña no te lo quita nadie, y que ya se encargará ella de enseñarle a su nieta las lecciones de la vida que no dan en el colegio y que al fin y al cabo son las que cuentan.
Pero se ve inmóvil una mañana muy temprano, caída de mala manera entre la cama y la mesita de noche, pensando en la crueldad del destino durante las largas horas hasta que su hija llegó cansada del trabajo y la buscaba por toda la casa alarmada de no oírla y de ver que las cosillas del desayuno todavía estaban en el fregadero.
Se ve de camino al hospital en ambulancia, y luego en una sala de urgencias donde a través de una ventanita lee en el llanto de su hija que el médico le está dando las peores noticias.
Nunca más se movió de su silla, medio cuerpo paralizado y el otro medio demasiado pesado para intentarlo, aunque siempre estuvieron la nieta y la hija para todo lo que necesitó. Se dijo que después de todo a veces la vida todavía tiene compasión de sus pobres criaturas y les concede la caridad de ese alguien que te quiere y te cuida incondicionalmente, pero se lamenta de hablar tan trabajosamente, porque siente una necesidad imperiosa de contar su vida a modo de testamento vital. La nieta la oye, aunque a veces con aire ausente, y alguna vez una niña que viene a estudiar se sienta a su lado en la mesa camilla y la mira y la oye y la escucha.
La mesa camilla.
Se ve reclamándole a su hija que no le gusta ese invento infernal de estufa eléctrica, que a ella lo que le gusta es la copita de cisco de toda la vida, que calienta más porque tiene fuego de verdad que hay que encenderlo y cuidarlo y no dejarlo apagarse ni encenderse demasiado, y que el fuego de carbón es como un amigo vivo que te calienta y hace un ruido que es como de conversación, y da compaña y da alegría.
Pero después de la embolia todo cambió; también a la hija y a la nieta les gustaba más encender por las mañanas la copita de cisco carbón, con su ritual de alcohol, cerilla, abanico y cuchara, pero el mundo moderno y sus horarios no están hechos para ritos antiguos, y menos cuando hay que levantarse temprano para trabajar, estudiar, y dejar sentada a una mujer enferma en la mesita camilla esas cuantas, poquitas horas en que la hija trabaja y la nieta ya se ha tenido que ir al instituto de noche, las dos turnándose para que la abuela nunca esté realmente sola.
Por eso hoy, que es sábado y están las tres en casa, ella se desespera y se retuerce en su cuerpo maltrecho impotente de no poder gritar, horrorizada de ver cómo la estufa eléctrica prende la mesa camilla, espantada de ver como arden sus piernas y ella no se puede mover, no puede pedir auxilio, no puede más que intentar derribar su silla haciendo todos los esfuerzos que le permiten sus músculos inútiles, su única defensa es cerrar los ojos para no ver arder su carne, aunque no puede cerrar su nariz para evitar olerla.
Es por eso que se ha refugiado en ese rincón en sombras en su mente y está repasando toda su vida, medio para despedirse y buscar consuelo en los recuerdos de las cosas felices, medio para dejar pasar el tiempo acurrucada en el hueco de la mano de su madre hasta que por fin le llegue la muerte entretenida en pensar en otra cosa para no sentir el fuego, entretenida viéndose chapotear en el río, feliz de existir y niña y libre.
Ve ahora a la hija entrar en la cocina alarmada por el humo, y ve el espanto, la pena y el horror en sus ojos al mirar arder a la madre. Piensa, por fin, que ahora está segura, y la invade una tremenda sensación de haber pisado tierra firme y de poder, por fin, relajarse en la seguridad de la mano que le aprieta la hija en la ambulancia, y de la que ella no consiente en soltarse ni siquiera en la sala de urgencias mientras la curan, porque quiere seguir refugiada en esos ojos y en esa mano, imaginando que en vez de su hija es su madre, y mientras intenta decirle que todo ha sido un accidente, un accidente y nada más, hija, no te sientas culpable, por favor, no quiero irme pensando que te sientes culpable, pero no puede hablar y por eso intenta decirlo con sus ojos, hija, no te sientas culpable, por favor, mira cómo te miro con dulzura, mira cómo te miro con amor, hija, no te olvides de vivir, no te olvides de hacer vivir a mi nieta.
Muere unas semanas más tarde, tranquila, y las enfermeras dicen que cada vez que alguien se acercaba lo bastante, ella le atrapaba la mano y clavaba la mirada en los ojos, y que parecía querer decir algo bonito con ellos, y que nadie se atrevía a soltarse, y que todos se sentían como impulsados a dejarse coger la mano y acariciar esa cabeza y susurrarle como a un niño que no puede dormir «eaeaea mi niña, ea mi niña, ealá»
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