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De Palabras y Otras Historias

Para un viñetista al que le prohiben crear.

A ti no te ha pasado nunca que te asalta una idea y no tienes más remedio que crearla, irremediable e inmisericordemente?



A ti no te ha pasado nunca que te asalta una idea y no tienes más remedio que crearla, irremediable e inmisericordemente?
No te ha pasado nunca que estás tranquilamente haciendo cualquier cosa y de pronto te asalta una historia que oíste hace 10 años, y te aprieta y te aprieta y no te deja de apretar contra las sienes hasta que no te queda mas salida que coger un papel y cualquier cosa que escriba, y derramarla ahí mismo?
Por ejemplo que estés trabajando así tan normal, y te sorprendes a ti mismo estructurando un texto que nunca antes has leído porque te lo estás inventando en este mismo momento.
O que estés de visita en alguna parte y sientes que llaman al timbre en tu cabeza, y es una historia que se te presenta así, sin avisar ni pegar un toque por teléfono ni nada, y tú allí en ese salón con unas pastitas de té, intentando poner cara de estar presente, cosa harto difícil visto que tus pensamientos se han puesto a ordenar palabras para montar un cuento que para colmo sabes que le va a gustar a tus hijos.
A mí sí, a veces. Es un tormento.
Porque lo malo no es que te invadan el cerebro personajes, situaciones y encrucijadas, no.
Lo malo es que se empeñen en comportarse como si estuvieran vivos, y exijan ser nacidos.
Es... como un parto. No tanto porque duela, al menos físicamente. Es que es como tener un hijo dentro, pero uno monstruoso que quiere nacer, y si no lo naces te roe las entretelas y te pesa en la cabeza y te persigue todo el tiempo, y te escuece en las revueltas de la masa gris, y te envenena el hígado si lo retienes demasiado tiempo dentro, y lo llevas como una carga, un peso, un eco entre tus orejas, una nube, más bien neblina que te cubre todo el espacio racional y te roba toda la energía que necesitabas para funcionar en un simple stand-by, y se mantienen ahí como un dolor sordo que te produce una sensación de malestar y te pone de mal humor porque tiene que salir, tiene que salir y quiere salir, ser creado.
A veces es como un deseo irresistible, un relámpago de furor casi físico sobre tu piel, sólo comparable con la necesidad de yacer con tu pareja.
Y otras veces como un llanto suave que cura y te maravilla, y te hace reír mientras se deja llorar.
Mientras se deja crear.
Y no te queda más remedio que crearlo, estés donde estés, hagas lo que hagas. Deja caer lo que tengas entre mano y ponte a crear.
Y suelen pasar cosas... que mejor me las callo porque no me las creería nadie...
Por ejemplo, que tengas que salir del autobús corriendo en cualquier parada, y meterte en la primera tienda que encuentres y pidas ansiosamente un cuaderno y un boli con la misma voz que si en realidad te hubiera dado un dolor de estómago y estuvieras buscando un retrete.
Pero no, tú lo que tienes es una historia clavada zumbándote en el pelo, y la tienes que escribir, la tienes que crear, no puedes hacer otra cosa más que ponerla fuera de ti palabra tras palabra en fila india, hormigas de tinta que portan admirablemente en su cuerpo pintado toda la carga titánica de las ideas que representan.
Al final terminas llevando siempre un cuadernillo y una pluma de tinta roja al igual que hay gente que no puede salir sin un paquete de pañuelos, o quien no pone el pie en la calle sin la cartera o el móvil.
Y aún así te pasan cosas; que te ataque un cuento en un autobús plenito del todo a lo lata de sardinas, de pie, agarrándote precariamente al asidero y tengas que escribirlo locamente y sin más, allí mismo, oyendo los pensamientos de esa señora que te mira, tan decentemente trajeada, que va despotricando en sus adentros sobre la juventud de ahora, que parece que van todos endrogaos o qué les pasa que están tós locos...
Y sí, claro que te da algo de corte, pero es que tú no lo puedes evitar, tienes que escribir esta historia, la tienes que crear porque si no se te muere dentro, y se muere también una parte de ti que no sabías que tenías, pero da igual porque justo ahora que sabes que la has perdido es cuando sientes lo mucho que la necesitabas.
O que estés en Salamanca en medio de una procesión de Semana Santa, y oigas a un niño pequeñito (posiblemente de Surinam) explicándole a su madre que esos señores con sus capirotes van vestidos de; "nacht paars" (morado noche, en idioma inventado infantil, claro), y tú vas y en ese momento te pones a rimar nacht con zacht con lach... y al final tienes que ponerte a buscar en tu bolso y le venderías a Dios tu alma por un algo con que poder escribir, cosa que al final no se hace necesaria porque encuentras un ticket de la compra viejo y un lápiz de ojos, y entonces te escribes de un tirón aquello de ' de kinderen van de nacht', que no recuerdo de memoria cómo seguía, pero que hasta a mí misma me gustó... (creo que hace poco he visto por ahí ese ticket, después de todo no lo perdí ni lo tiré, destino que suele ser el normal para mis escritos callejeros). Y es que a veces a mí no me asaltan historias, sino palabras. Y puede ser que las palabras mismas decidan en qué idioma quieren ser nacidas. Y otras veces me tengo que controlar para no escribir mezclando los idiomas: tengo que corregir y cortar expresiones y palabras que no corresponden, que son de otra raza; palabras e idiomas que quieren ser creadas juntas en el mismo texto porque juntas conviven en mi cabeza prolífica y multiculturalmente, y no entienden, las pobres, de las cosas de las fronteras y las banderas. Ni siquiera de las fronteras gramaticales pues.
Es un tormento porque te domina, te abduce y te subyuga, te secuestra, te agota y sólo se calma cuando le haces una casa de papel y tinta, una cuna, un lugar donde ser, un ente físico que le haga perdurar la inmensa eternidad de tiempo que puede llegar a perdurar el chasquido de una palabra en el viento.
Puede llegar a dar vértigo si te paras a pensar que no eres tú quien decides sobre tu propio tiempo, sino que son las palabras y las historias las que te dirigen y organizan tu vida.
Y después de todo, he de reconocer que aunque casi nunca leo dos veces lo que escribo, me siento bien si lo he escrito, como cumplida, como completa. Y no me importa que sé que no soy especial escribiendo; lo único que yo necesito es escribirlo.
Es un sentimiento que se puede asimila a la Felicidad, la sensación de Ser Completo.
Por eso hace unos días que me imagino en la situación de Sorrocloco y se me destroza el alma.
Si yo me viera un día mutilada en mi necesidad de crear estas cosas me volvería gris y desaparecería poco a poco en la masa informe de la realidad.
Agradezco al destino que nadie en mi familia sea "importante".
Esto me asaltó esta mañana en mi trabajo, y mejor o peor, es un reflejo de lo que siento.
De juntadora de palabras a viñetista: va por ti, Sorrocloco.

Archivado en con fecha 22/abr/2006 - 0 comentarios

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