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De Palabras y Otras Historias

Relato de un encuentro casual con Vieja Araña.

De cómo alguna gente atrae sin querer sucesos y personajes extraños, y encima a veces da grima contar las cosas porque no te creen...

Relato del encuentro con una Vieja Araña acontecido el viernes 24 de marzo del corriente en una parada de tramvía a eso de las 19:30.




El laúd de Eduardo Paniagua que subía desde mi móvil hasta los auriculares incrustados en mis orejas podía haber servido quizás para parar el primer ataque de la Vieja Araña, pero el segundo embite fue imposible de eludir ; la Vieja Araña había elegido presa, y esa presa, esta noche, soy yo.

"Noooooooooo!- pienso yo en mis adentros, aferrando desesperadamente mis ojos a las líneas del libro en mis manos- no hoy, por favor, que tengo a Aliena a punto de parir en un derrumbe! Hoy no, que me las prometía yo tan feliz con el mar de tiempo para leer que tengo : estos ocho minutos que me quedan antes de llegar el tramvía, esas 10 paradas y luego esas cuantas calles a recorrer a patita antes de llegar a destino... A lo mejor la driblo a esta mujer con una sonrisa amable y una zambullida contundente en las páginas del libro, que no quepa duda que no pienso dejarme distraer... Pues no, como que la señora me da por cazada, no me va a querer soltar más... Mierda. A este paso no termino yo el libro este... Vale, el último intento; me saco un auricular, slo uno, dejando bien a las claras la intención que me mueve de seguir oyendo música, y sobre todo, no quitar por nada del mundo el libro de la Posición Lectura."


Lo primero, observar al enemigo.

Esta vez la Vieja Araña tiene aspecto de Miss Murple; delgada, alta, sombrerito excéntrico, poco pelo y rizado, muy decentemente vestida, con cierta frescura de movimientos, agradable. Me cae bien.

Ni observar ni nada : por supuesto, está claro que me ha atrapado.

Sonrío indefensa para mí misma, plenamente consciente de la irreparable pérdida de tiempo de lectura que me va a suponer el haber caído en la telaraña de esta mujer, y también de mi natural incapacidad para no dejarme cazar por este tipo de fauna de ciudad que circula por calles y plazas y se aposta a la caza y captura en sitios estratégicos como paradas de transporte público o colas en las tiendas, y que tiende con sus ojos y sus palabras redes invisibles de seda con las que atrapan a pasantes despistados a los que sorben minutos de atención, materia de la que alimentan su alma y que ansían y necesitan más que la comida.

Así, mientras me saco los auriculares (los dos) y voy enrollando ya resignada los cables (que luego siempre se hacen un gurruño y me pongo de los nervios porque me pierdo segundos de música), los guardo en el bolso, meto el móvil en el bolsillo que la chaqueta, y cierro, vencida, el libro, retirándolo incluso de la Posición Lectura, ya le voy contestando que sí, que veo bien para leer con esta luz de anuncio de parada, que no creo que sea nada extraordinario sino cuestión de costumbre del ir por ahí siempre con libro incorporado, que los ojos ya se entrenan para eso del ir descifrandos textos a media luz.

Ella que qué bonitos ojos tienes, yo que gracias, que los suyos son muy especiales porque tienen mucha luz. Ella se ríe, contenta, saboreando la victoria, le digo que no miento, que de verdad tiene unos ojos que llaman la atención porque parecen que quieren comerse las cosas de tan abiertos, de tanta luz que emanan. Es feliz.

Por supuesto, qué casualidad, ella está esperando mi mismo tramvía, y, por supuesto, qué casualidad, ella también se baja en la última parada.

Y por supuesto, cómo no, me termina preguntando que de dónde soy. Yo utilizo mi salida de siempre ; pregunto, cara triste pero sonrisa irónica en los ojos : « Qué tan mal hablo que se me nota enseguida ?! »

No, no, que no, contesta ella, que es el conjunto de todo ; el pelo, los ojos, el acento. Yo me río para cortar el momento, y ya le cuento de donde vengo.

Ah, qué alegría ! ahora puede practicar un poco mi idioma, si no me importa, claro, que ya hace meses que no lo oía. Claro que no me importa, a ver, para comprobar cual es su nivel, presénteseme usted y dígame de dónde es y todo eso. Su nivel es bueno, pero ella habla a cámara lenta, buscando palabras y tiempos verbales, demoníacos tiempos verbales que parece que tiene este mi idioma, al menos es lo que dicen todos los que no lo tienen como materno.

Le corrijo algunas veces los géneros, le amplío algo de vocabulario, le cuento anécdotas, historias de etimologías y rollitos destos. La Vieja Araña resplandece, gesticula alegre y sus ojos, madre mía, qué ojos, cómo relucen.

Se llama Elisa, y mientras le recito aquello de « cuando en aqueste valle al fresco viento… », pienso por 5° vez en la pobre Aliena a punto de parir en medio de un derrumbe, pero ya sin acritud ; estoy empezando a retroalimentarme de estos ojos…

Se lanza a contarme una historia que no le debo contar a nadie ; ella la ha tenido guardada tantos años, clavada en el alma…

Cuando era pequeña viajaba mucho con sus padres, por todas partes del mundo. A veces pasaban semanas de vacaciones en una gran propiedad de unos amigos de los padres, en mi provincia…

Y allí había un hombre, qué ojos, que se ocupaba de los caballos ; los paseaba, altivo, los cuidaba, sudoroso, los enjaezaba como a una novia, llevaba la carroza de los señores cada vez que alguien la necesitaba para salir, o simplemente para lucirse.

Era hermoso como una estatua antigua, alto, fuerte, mayor que ella.

La primera vez fue en las cuadras.

Actuaron como si no fueran ellos, como si unas fuerzas o quizás espíritus salvajes les hubieran poseido y se valieran de sus cuerpos para hacer estallar la primavera en el mundo.

Al terminar se miraron sorprendidos y se vistieron incrédulos en silencio, y en silencio esperaron hombro con hombro en el quicio de madera, deslumbrados por el día, como el que ingresa por primera vez en un mundo visto con los ojos de un esclavo nuevo de la Diosa Luna.

Y aunque se alejaron como zombis y cumplieron el resto del día con sus obligaciones como si fueran cascarones mecánicos pero vacíos, sin ánima, el vínculo fue inmediato, y así, al día siguiente, y sin haberlo comentado previamente, se vuelven a encontrar en las cuadras, esta vez ya dueños de sus propios cuerpos, sin fuerzas intermediarias que decidieran por ellos.

Vivieron así un verano secreto e intenso en el que ella cumplió 16 años.

Él le regaló un anillito de oro con una S gravada que alguna vez le había regalado un duque a su abuela cuando era niña, y que era el único objeto de valor que existía en toda la familia.

Los padres de ella le regalaron un vestido de mujer , y los dueños de la finca, a su vez, agasajaron a todos con una propuesta de boda ventajosa y beneficiosa para todos : casar a las dos familias, las dos fortunas.

Entonces los dos huyeron.

Ella se vistió de campesina, y él cojió dos de los caballos viejos. Era un hombre honrado, y dos caballos viejos le cubrían el sueldo que se le debía ; él no se llevaba nada de nadie.

Los atraparon cerca de la frontera, meses más tarde, cuando ya era terde para todo : tarde para una boda que nunca se realizaría, tarde porque las malas lenguas habían propagado con rapidez y alegría la burla de los amantes, y tarde porque el vientre de ella ya estaba lleno del fruto de la deshonra, o mejor dicho, del rocío de tanta noche por esos caminos del mundo, que fueron su casa.

A él lo llevaron de vuelta a la finca, y de allí a la cárcel por ladrón de ganado.

A ella la mandaron de vuelta a su casa, donde su madre horrorizada no pudo más que estar de acuerdo con el padre cuando este decidió que aquella verguenza nunca podía nacer, de ninguna manera, faltaría más, una familia tan creyente y devota de Dios no puede permitirse un niño que encarna en su cuerpo la definición de pecado.

Nunca más se vieron.

Nunca se olvidaron.

Luego pasó de todo en su vida: se hizo bohemia, dejó esculpir su cuerpo por un escultor famoso que, gracias a dios, la representó completamente irreconocible en la desnudez del bronce moderno, estudió en la universidad para escarnio de su clase, se divorció, para más inri… Nunca tuvo hijos porque el médico que le practicó el aborto la dejó « inútil » por error… Me cuenta todo esto acelerada porque se acerca el fin de la línea.

Todavía, mientras nos levantamos para salir, le queda aliento para contarme rápidamente que hace poco casi le da un ataque por la indignación que le produjo el que la rechazaran como becaria en un grupo de estudios linguísticos porque, como le espetó en su cara un joven catedrático : « eso sería tirar el dinero, señora, usted comprenda que una persona joven siempre es más interesante porque puede utilizar los conocimientos en hacer algo útil por la sociedad… Usted ya ha aprendido todo lo que tenía que aprender, y esto que hace al querer quitarle el puesto a un joven es egoismo : usted ya no va a reportar nada a nadie, comprendalo”

Nos bajamos al fin, y nos quedamos aún un rato charlando, mejor dicho, mirandonos.


Me da la mano, y en su dedo meñique lleva un anillito de oro con una S gravada.

Nos despedimos, me pongo en marcha, saco los auriculares y demás, me envuelve Paniagua, me vuelvo porque siento que ella me mira y efectivamente, está de pie, saludando feliz con todo el brazo extendido, reluciente… Saludo, y los trozos de tela de araña que me cuelgan de los brazos se sacuden como las ramas de un sauce llorón.

En ocasiones así me doy cuenta de todo lo que me pierdo si tapono todos mis medios de contacto con la realidad mientras camino por la calle ; los ojos en un libro, música en los oidos… a veces merecería la pena más ir leyendo en los ojos de la gente.

Ah, sí, veamos cómo le va a Aliena!

Casi a la vuelta de la esquina me vuelvo porque me doy cuenta que voy a perder de vista a esta Vieja Araña, y que quizás será para siempre.

Está sentada en la parada, esperando a que la dejen entrar en el tramvía en la dirección contraria a la que ha venido. Sonríe. Creo que está disfrutando.

A su lado se sienta entonces una chica joven, también extranjera como yo.

Ella le sonríe, radiante, y empieza a tejer su red de seda.

Archivado en con fecha 07/abr/2006 - 1 comentarios

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Comentarios

Chicho dijo hace 3 años y 44 meses:

Precioso, C.O.V.

Todo está ahí, sólo hay que estar atent@.

Otro que me guardo.

¡SALUD!

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