De como en época de guerra los psicópatas hacen su agosto.
Todavía le suenan a Matías las palabras de la hermana en la puerta mientras le daba el cazo con el costo del día; él ya en su bicicleta, ella aún con las lagañas puestas.
-Qué es lo que ha pasado para que la vida se ponga del revés, Matías?- la zamarra no se quiere cerrar hoy. O está cabezona como la suerte, o es que sabe que algo va a pasar y quiere retener a su dueño en casa con los pobres medios de que dispone. –Hace sólo un año, un año y no hará ni eso, que al año no creo que llegue. Y yo le decía a madre en la cocina que la vida nos sonreía, que teníamos la suerte en casa, que mire usted que bien que estamos todos… Y ahora ya ves ! Padre, en el bar porque no tiene a donde ir a trabajar. Alonso en el bar, pero de los finos, que muy señorito nos salió el hermano. Tú, Matías, en el bar del puerto cuando no trabajas en los barcos, que te lo gastas todo, Matías, que te lo bebes todo y lo que se bebe no se come, Matías… La madre ya no tiene quien le encargue costura, así que yo tampoco tengo en qué ocuparme. Y Ana, Ana sigue con los señores marqueses porque los señores marqueses viven demasiado lejos para que les llegue el escándalo a los oídos. Y todo eso por qué? Todo eso por nada! Por nada! Por un pedazo de cafre enamorao de mi hermana Ana, que si no la mataba la iba a hacer morir de pena ! Lo que hace un malquerer ! Lo que hace un mal hombre con un poder ! Lo que hace un trozo de tela azul en forma de camisa, válgame dios, pobre país, adonde va a ir a parar… ! Y esta guerra, esta guerra…
Él había escuchado cabizbajo, poniendo cara de sueño para no tener que contestar cuando llegara la alusión a sí mismo, que tendría que llegar y él lo sabía. Siempre se lo tenían que recordar. Cuando ven a Matías, no ven a Matías, sólo ven el dinero que Matías se habrá bebido hoy en el bar del puerto.
Si ellos supieran.
…dita sea mi estampa…
…si estos supieran lo que es el Miedo.
Pero cómo lo van a saber, si el miedo es algo que te asalta desde la cuneta cuando vas en bicicleta al trabajo !
El miedo te espera agazapado detrás de una curva, o detrás de un seto, o al lado de un poste. En la cuneta. Siempre en la cuneta. Gritando desde unos ojos desencajados y secos comidos por los bichos.
Una vez en la puerta de un bar…
Pero normalmente, el miedo siempre te espera en la cuneta.
Aunque no siempre tiene la misma forma.
La primera vez el miedo tenía forma de mujer.
Una mujer joven, hermosa, suave, despeinada, alborotada. La acompañaba una niña algo más pequeña que María, igualita que la mujer. Serían hermanas, porque no podían ser madre e hija.
También había un niño. Un bebé.
Un bebé aún no nacido.
Al verlos a los tres, Matías no tuvo más remedio que parar y bajarse de la bicicleta.
Al principio sólo vio lo absurdo de la escena, no podía comprender el significado completo porque no le entraba en la cabeza. Luego sintió una enorme pena. Al fin un enorme asco. Y después miedo. Un miedo exagerado, superlativo, un miedo que lo inunda todo y se aprieta contra los ojos y se introduce en la nariz sin dejar respirar ni pensar ni sentir nada que no sea miedo. Miedo.
Saltó sobre su bicicleta e intentó huir de allí todo lo más rápido posible, sólo sabía que tenía que irse, irse de allí.
Corrió y corrió y ya no paró hasta que llegó al trabajo, pero no entró en el trabajo sino en el bar del puerto. Pidió algo fuerte y se bebió uno, dos, tres, antes de poder hacer parar sus pensamientos, que seguían corriendo aún huyendo, porque no estaban lo bastante lejos del lugar del miedo.
Y rápidamente se dio cuenta que era inútil huir. El Miedo se había clavado a fuego en sus ojos, y ya no habría forma de librarse de su perfume. Claro, que tampoco ayudaba mucho a olvidar, el hecho que al día siguiente los tres cadáveres continuaran allí en la cuneta, esperando a que él llegara para expandir toda la carga de horror y crueldad con la que fueron masacrados. La niña retorcida, desnuda, degollada, con la entrepierna reventada, se ve que había intentado darle la mano a la mujer, quizás para que no le doliera tanto el miedo, pero se había muerto a medio camino. La mujer, desnuda, desangrada, violada y destripada, también había intentado agarrar la mano de la niña, pero tampoco le había alcanzado la vida para recorrer ese par de centímetros que les separarían eternamente los dedos muertos. Y entre medio de las dos el bebé. Lo habían sacado por entre la carnicería que le habían hecho a la mujer en el vientre redondo, y ahora reposaba en la arena como algo absurdo por fuera de lugar. Las caras. Los ojos muertos. Las moscas. Los zumos secos de los cuerpos. La huella patente del dolor. El olor. El miedo. La impotencia. Las arcadas.
Seguía sin ser de gran ayuda que una semana más tarde el miedo continuara desparramado en aquella cuneta, festín de larvas.
Por supuesto tampoco se pudo considerar mejoría cuando siguieron apareciendo miedos en forma de cadáver por otros rincones perdidos de las cunetas.
En grupos o de uno en uno. O de una en una. Los que iban en grupo lo habían tenido mejor : los fusilaban y santas pascuas. Lo de las mujeres era ya harina de otro costal : esas morían rabiando como perras. La de cosas que vio Matías en esas cunetas sobre cuerpos de mujer, la naturalidad con la que la mente humana se desenvuelve en la maldad, la imaginación que se puede llegar a desplegar cuando se trata de ser peor que las bestias.
Así que Matías corría que se las piraba cada día de casa al trabajo, del trabajo a casa, y ya sabía dónde tenía que ir con los ojos cerrados para no perturbar la intimidad de los muertos de cuneta sin tumba.
-Atrás de la chumbera gorda, al lado izquierdo.
-Antes de la entrada de la Dehesa, lado derecho.
-Frente a la tapia del cementerio.
-La curva de la Venta, por dentro.
-El poste de telégrafos de lo alto de la Colina.
Y así se le iba llenando el camino de hitos marcados por el miedo. Miedo que le obligaba a inundarse la cabeza de peleón, para no pensar.
Y para tampoco pensar en los pocos dolientes, las pocas dolientes que se atrevían a juntar reaños e ir clandestinamente a enterrar sus muertos, con nocturnidad, no sea que alguien esté esperando a la caza de viudas y huérfanas. El miedo con que siempre huían en desbandada cuando él asomaba con su bicicleta por una curva...
Y por eso se bebía el sueldo Matías, por mucho que no se atreviera a decírselo a nadie.
Un día, bueno, una madrugada en la que llegaba de prisa y corriendo al bar para ahogar los nuevos fantasmas que le habían sorprendido esta vez desde una curva inesperada en el camino de ida, se encontró con un hombre tirado en la entrada del bar. Como el pobre era buena gente, se agachó rápidamente a ayudarlo… para darse cuenta que con lo bien reventada que tenía la cabeza este hombre, ya ni necesitaba ayuda ni ná de ná. Todavía se está terminando de incorporar Matías con la mirada fija en el sitio donde ese hombre tendría que llevar puesta la tapa de los sesos y donde llevaba un horror en forma de carnicería de bala, cuando del bar salieron dos muchachos con gabardina y sombreo a lo Humphrey Boggart, que se le quedaron mirando.
-A las buenas noches, español.
-Muy buenas las tengan ustedes, señores.
-Le pasa a usted algo, español, que se queda ahí parado sin entrar ni salir ?
-No, no, a mí qué me va a pasar!
-Pues nada, nada, entre y tómese una copa a nuestra salud, español, que cualquiera diría que ha visto usted a un muerto ! –el hombre que de los dos tenía más pinta de jefe, alargó la mano por el quicio del bar y agarró a Matías por los hombros, obligándole a pasar por encima del cadáver que no estaba allí.
-No, hombre, yo no he visto ná!
-Así, así me gustan a mí los buenos españoles !- carcajeó el otro- que eso de ir viendo cosas que no hay que ver… es de rojeras y no otra cosa.
Claro que luego, eso de no ver nada…
… tiene sus ventajas. Porque esa misma noche, en el puerto, junto a un almacén, Matías descubrió que las cunetas no son los únicos sitios que atraen a los muertos.
Algunas noches ya no había donde meter los ojos.
Cuando menos te lo esperabas veías de lejos un montón… y era una pila de cadáveres amontonados.
Así fueron pasando meses llenos de cunetas, montones, moscas, miedo, ceguera acobardada, mal de estómago e impotencia, mucha impotencia.
Y un día.
Bueno, una noche.
Por fin supo Matías lo que es el Miedo de verdad, el Miedo con Mayúsculas y en carne propia.
Y es que iba Matías una madrugada muy temprano haciendo recuento de las cunetas y los montones del camino, cuando vio a lo lejos un grupo numeroso de gente alegre que se acercaba por el puerto, iluminados de cuando en cuando, según entraban y salían de los charcos de luz de las farolas, ritmo acharolado de bota dura.
Le pareció impropio que a las 5 de la mañana tanta gente anduviera despierta y activa por el mundo, pero nada más.
Eso sí, todos tan jóvenes...
Luego no pudo dejar de fijarse, al contraluz de las farolas y la neblina que subía del agua, en el corte militar de la ropa de los muchachos.
Y en sus armas.
Acto seguido constató la autosuficiencia con que explotaron en risotadas al pasar junto a un montón de cuerpos a medio pudrir, uno más de los montones.
Y de pronto comenzó a incrustarse en su cabeza el ritmo pesado y patriótico de esas botas.
Y entonces, de un sólo latido helado y negro, todo lo que existía en el mundo desapareció para dar paso a una sola cosa, o mejor dicho, una sola no cosa : el vacío que producía la falta de una oreja en la cabeza del líder del grupo que se acercaba…
Ramón… Ramón…
-Ramón, Ramón el que pretendió a mi hermana, Ramón el que le pegaba, Ramón al que le reventó una oreja mi hermano Alonso, Ramón viene para mí a las 5 de la mañana, en el puerto, con un grupo de 20 falangistas armados, y yo estoy sólo, sólo con un montón de muertos apilados.
Se vio como el resumen de todos los muertos de cuneta que había visto hasta la fecha : destripado, degollado, amoratado, desnudo, apilado…
La oreja, mejor, la no oreja seguía acercándose, sonriente y segura de sí misma, a paso marcial, en su salsa, imperial.
Pero Matías no tenía más remedio que seguir caminando, cómo lo iba a hacer si no… de charco de luz en charco de luz, todo recto, hacia el hombre que una vez derribó la puerta de su casa con un hacha.
Y entonces fue cuando el otro se dio cuenta.
A esto, Ramón, al echar atrás la cabeza bruscamente en una amplia, cordial y carismática risotada engominada, se dio cuenta de la figura que tenía delante. Al principio no le hizo mucho caso; un trabajador más del Puerto que camina a su trabajo, o vuelve de él, así que siguió riendo tranquilamente sin darle más importancia.
Hasta tres pasos más tarde no percibió familiaridad en la figura del muchacho ; su gran altura, su mata de pelo claro, ese color aluminio de sus ojos que casi se podía intuir en la distancia… Matías.
Matías, el hermano de Ana. Matías, el hermano de Alonso, el que me mutiló la cara del retrato… Matías, el de los ojos grises, Matías …
Sólo, a las 5 de la mañana, yendo al trabajo, anónimo.
Igual de anónimo caminando en toda su largura, como tirado en lo alto de una pila de muertos ; uno más, uno menos…
Igual de anónimo.
Por fin las dos miradas se cruzan y se hablan en la conciencia de su reconocimiento.
La banda de Ramón camina alegremente sin ser consciente de la situación que se está produciendo, Matías de un lado, sólo, desarmado, largo como una vara y con una extraña mirada de difunto en el fondo de sus ojos. Ramón del otro, masticando unas hebras del tabaco que aún le quedan en la boca, sonrisa segura y sabiéndose dueño, amo y señor de la situación, de la vida y de la muerte.
Por fin el grupo calla, la carga de las miradas se hace demasiado fuerte, empiezan a intuir que algo está pasando. Y es en ese nuevo silencio donde sólo resuenan las botas militares y alguna tos mañanera cuando se hace más duro cada paso que se quiere dar. Y las piernas se hacen de mantequilla. O es el suelo el que se ha vuelto blando y no se deja caminar bien ?
Y lo único que cabe en la cabeza es si dolerá o no dolerá.
A diez pasos de distancia cada latido que se quiere dar es una victoria, porque se sigue vivo.
Y de pronto suena la voz.
-A las buenas nos de Dios, Matías. Y tú que haces por estos sitios, a estas horas? –«la seguridad, el dominio de la situación, la sonrisa alegre y feliz en esa cara es lo último que voy a ver?»
-A las buenas nos dé, Ramón. Pues ya ve, a ganarse uno la vida.
-Y cómo sigue la madre?
-Mu buenecita que está, aunque con los tiempos que tenemos, que no se sabe en qué va a quedar la vida, y no se gana para sustos… Usted bien, no? - ("Usted? Porqué le digo yo de usted a este tipo ahora?")
-Bueno, ya se calmarán las cosas, con el tiempo y una caña, y hombre, cómo nos va -sonrisa de buitre satisfecho y henchido- no nos podemos quejar –risotadas, codazos cómplices, comentarios jocosos, socarrones..
-Bueno, pues … nada. Que nos siga yendo bien a todos, y que vivamos para vernos, señores -sin saber muy bien si tiene permiso, o qué se espera de él en ese momento, Matías echa a andar todo lo más despreocupadamente que puede, dando la espalda al miedo y a sus ojos, ni demasiado lento, ni demasiado rápido, sólo camina caminando, mientras se sigue vivo..
Y mientras se aleja incrédulo, aún oye como Ramón comenta con sus hombres encendiéndose un nuevo cigarrillo –…el Matías, que es de mi pueblo. Buen chaval, muy buen chaval. Lástima que su hermano sea un gran hijo de puta.
Matías, que se encuentra atrapado en una burbuja que aletarga el tiempo, el espacio y sus sentidos, está viviendo el recuerdo más intenso de toda su vida, y aunque sabe que no lo va a poder callar para siempre, que algún día lo contará a algún nieto olvidadizo o a algún adolescente incrédulo que no sabe lo que es una guerra, está pensando en guardarse para él el secreto que aquella noche se mojó los pantalones.
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He empezado a leerlo medio distraída, estaba hablando con mi pareja, riendo y comentando las chirigotas de Cádiz que estaban poniendo en el Canal Andalucía, iba leyendo y de repente me he "cerrado de orejas". He quedado absorbida por el miedo, he tenido que volver a empezar a leer la historia. He sentido el sobresalto y el miedo, he sentido como mía la indiferencia debida al pasar junto a los montones. Que curioso, ni me atrevo a decir cadáveres. Como si esa palabra no fuera suficientemente deshumanizante, me he meado encima al tener la certeza que ese desgraciado se iba a vengar en mi. Y he llorado por todos los vivos que han temido (y temen) ver, por todos los muertos.
Gracias C.O.V.
Inquietante, muy inquietante, y más si se tiene la certeza de lo real de esas situaciones, en otros tiempos aquí, ahora mismo en tantos sitios...
Espero la continuación, y sigo insistiendo en que tienes una capacidad muy especial de contar las cosas, C.O.V. Sé que acabarás dedicándote a escribir porque, además de no poder evitarlo, lo haces maravillosamente, y no me importa decir que envidio y admiro esa facultad.
Frases geniales: "...un miedo que lo inunda todo y se aprieta contra los ojos y se introduce en la nariz sin dejar respirar ni pensar ni sentir nada que no sea miedo.", o "...ya sabía dónde tenía que ir con los ojos cerrados para no perturbar la intimidad de los muertos de cuneta sin tumba.", o "Y las piernas se hacen de mantequilla. O es el suelo el que se ha vuelto blando y no se deja caminar bien ?", o "A diez pasos de distancia cada latido que se quiere dar es una victoria, porque se sigue vivo.", o "dando la espalda al miedo y a sus ojos, ni demasiado lento, ni demasiado rápido, sólo camina caminando, mientras se sigue vivo.."...y una manera de relatar la trama que absorbe por completo, que te "cierra de orejas", como dice Rhea.
En fin, que ¡a ver pa cuando la tercera entrega!
¡SALUD!
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