Del fluir de las piedras...
Y tampoco viene a cuento, pero se lo dedico a Yops.
Piedras.
Érase que se es una niña de aire que siempre camina sola hacia la escuela por una callejuela adoquinada de piedras.
Las piedras de la callejuela están vivas y marchan en formación como un río de huesos de la Tierra. No hay más que poner los pies en la callejuela y es como si una alfombra silenciosa se arrastrara bajo tu peso y te llevara levemente hasta la desembocadura en la plaza de las hormigas, donde el fluir se detiene porque allí recomienza el mundo de las piedras que son piedras y las gentes que son gentes.
Lo mejor de la corriente de piedras son los dos escalones que hay en la calleja; al caer la piedra forma allí unos remolinos con mucha historia que interpretar y muy variable, son las partes más vivas del río y las que más cambian, además el ruido al caer...! y la sensación de volar cuando la niña salta por encima...!
Sí, las piedras son distintas, y de tanto pasar calleja arriba calleja abajo, de tanto mirarlas las conoce y las reconoce como si fueran personas.
Cada piedra es una persona distinta, y la niña las descubre todas camino de la escuela o de la panadería. Hay piedras redondas como una tía de la vecina; redonda, blanca y corta como rellena de mazapanes. Pero deben ser mazapanes amargos, porque la vecina cuenta que su tía siempre grita y está enfadada con la vida, la pobre.
Hay piedras largas y con el canto afilado hacia arriba, como los huesos de un jumento flaco arrengado de trabajar, o como el viejo de la plazoleta que dicen que no tiene de comer y que la carne se la dejó trabajando pa el señorito. Ahora que ya todo él es un hueso descarnado, artrítico y doloroso, ahora ya no trabaja más. Pero la niña se pregunta si también habrá dejado de comer, porque para comer se necesita dinero, y para lo de el dinero hay que trabajar...
Hay piedras que no son lo que parecen porque si te fijas bien, tienen como una barriguilla de otro color, como si fueran doble o como si quisieran esconder lo que son. Por fuera son relucientes y amables, por dentro rugosas y ásperas. Hay un tendero que también es así: cuando está vendiendo el jamón pasado es reluciente y amable, cuando la señora paga y se va, se vuelve ácido y desagradable y dice cosas que piensa que la niña no puede entender (los tenderos y la gente alta por lo general piensan que los niños no entienden. No se equivocan. A la gente alta no hay quien la entienda...) Lo cierto es que a la niña no le gusta el tipo de relucientes con tapujos...
Hay piedras suaves y muy redondeadas, casi como gastadas por el uso. Están tan pisadas que hasta parecen cansadas, pero la mayoría de ellas se entregan a la corriente como sin pensar que a lo mejor si no se quiere no hay por qué dejarse pisar. Están doblegadas y su espalda está curvada, la frente baja para soportar una carga que se lleva sin saber si te permitirán algún día descargar. Más que fluir por el río de la vida se escurren de puntillas, por miedo a molestar o a ser vistas. Conoce muchas personas así. La abuela, alguna madre, varias vecinas, unas mujeres de la familia... muchas, ahora que lo piensa... Son mujeres que han sido ungidas al yugo de la carga desde el momento de mostrar al mundo el sexo que traían entre las piernas. Marcadas al fuego según la función que alguien ha elegido para ellas: "esposa" "madre" "fregona" "colchón". Lo soportan porque les han dicho que "la vida es así". Punto. No saben que se puede decir NO. No les enseñaron esa palabra. Las fueron podando como a bonsáis para que cupieran en el molde preestablecido para ellas. Las castraron en la mente, que es la forma de castración más efectiva que hay. A estas piedras hay que pisarlas mucho para que no se les ocurra Pensar.
Hay piedras planitas que son las mejores en verano porque no se te clavan a través de las chanclas. Siempre se puede confiar en ellas porque están ahí para ti aunque tengan que venir desde la otra punta de la calleja para darte un reposo después de esas otras piedras puntiagudas y traicioneras. Son como un buen amigo que no pregunta qué te pasa, sino qué puedo hacer para que te sientas bien. Hay muy pocas así, pero las que hay te hacen soportar lo peor del camino, y a veces hasta te olvidas de las puñaladas traperas de una mala piedra cuando después de recorrer todo tu camino piensas en esos pocos amigos de verdad que has tenido.
Hay yerbitas entre las piedras, que vienen y van, que llegan y luego mueren o se las llevan los bichos y los pájaros. Nunca se cansan de vivir. Son como esa gente que ni está aquí ni allí pero está donde quiere estar, que es lo que cuenta aunque los que tienen demasiado miedo de ser ellos mismos las llaman "malas hierbas"... No saben lo que se pierden.
Hay también una Dama de Noche tras de una tapia que por las noches canta colores. La primera sensación de que el universo es atronadoramente inmenso pero lo puede callar un grillo y una Dama.
La primera sensación de clandestinidad: el abuelo diciendo "niña, no cantes esas cosas por la calle, que las paredes oyen y no se sabe con quien hablan..."
Pero es que el abuelo era viejo y analfabeto y por tanto genial.
El abuelo decía que algunas veces hay gente que se enferma de "aquímandoyo" complicado con el síndrome de "lacalleesmía". Esa gente se queda enana y verde, y se le salen los tornillos porque les dan jamacucos cada vez que ven que alguien piensa de forma diferente a como ellos han ordenado pensar. O que hacen las cosas de forma diferente de como ellos han ordenado que se hagan.
Por eso la niña pensaba desde pequeña que los muy mandamases eran todos pequeñitos, verdes, con cara de Frankenstein y con los tornillos aflojados por el último jamacuco que le ha dado algún niño que pasaba cantando por la calle la canción del Niño Yuntero.
Le daban lástima los altos mandamases. Debe ser triste ser verde y perder tornillos cada vez que alguien te dice "No, a mí lo que me gusta no es el arroz sino las papas"
El abuelo también decía que el mundo no lo había hecho Dios, sino los albañiles, y cuando la abuela (encogida y curvada) le decía que no contara esas cosas delante de la niña, él lo repetía sólo con los labios, muy despacio "el-mundo-lo-hicieron-los-albañiles" Y si la niña le preguntaba que entonces quién había hecho a los albañiles si no había Dios, el abuelo contestaba "Pues su padre y su madre", y era el cuento de nunca acabar...
Un día, bueno, una noche cuando iba a casa de una amiga vio de lejos una pareja de novios que se besaban en la calleja. Lo olió rápidamente, el olor de la clandestinidad, así que por respeto a estos que se tenían que esconder para hacer lo que les mandaban sus corazones y la Luna dio un rodeo por la plazoleta del quiosco.
Por eso, otra noche cuando vio que eran dos novias las que se besaban en la callejuela hizo lo mismo: por respeto dio un rodeo para no molestar las sangres de las buenas gentes que luchan por manifestar lo que buena o malamente les impone el corazón y la Luna.
Y pensó en los pobres grandes mandamases, y si estos tendrían tornillos de luchar por sus sangres o si al volverse verdes se les congelaba el sentir.
Un verano de tantos al volver por allí se le murió una parte de la vida.
La callejuela ya no existía.
Las piedras molestan los delicados pies de la gente de espalda curvada ante cajas tontas y demás engendros modernos, así que las habían eliminado. Cemento y sobre cemento las losas más frías, estáticas e invariables que podía un ser humano echarse a la cara. Los escalones-cataratas habían sido nivelados y las tapias alzadas.
Pero bueno, el mundo sigue girando y la vida fluyendo, cemento o no.
Las piedras siguen allí, fluyendo. Lo único que hay que hacer es poner la oreja y oír la voz de tanta y tanta piedra diferente, como la gente misma.
Como la vida misma.
Y si eres capaz de oír la voz de las piedras en una calleja también ocurren cosas extrañas, por ejemplo, que pases por una gran calle comercial y te encuentres con tu amigo el fauno saliendo de una tienda de periódicos con un puro en la boca y La Voz del Sátiro bajo el brazo.
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