Todo es cuestión de nombre.
Cuestión de nombre.
Ha nacido esta noche y la llaman Leonor.
Su madre se retorcía en un camastro, pillada por sorpresa por un dolor inhumano que no se había esperado, absolutamente en pánico, arañando el aire como una loca intentando encontrar una manera de huir de aquel desgarrársele las carnes, de aquel abrírsele los huesos, y sin encontrar cómo escapar de la tortura que le imponía desde adentro su propio cuerpo rebelado, desgañitado. Pero sólo encontró la incomprensión cansina de las mujeres del pueblo y la acidez de una viuda que le espetó entre grito y grito un « Estas primerizas, esta juventud de ahora que no aguanta ná! En mis tiempos paríamos solas en medio del campo en un agujero que cavábamos nosotras mismas, y después de cortar el cordón con los propios dientes, nos echábamos la guagua a la espalda para seguir trabajando »
La guagua terminó naciendo; o nacía o reventaba la madre, que aquí a estos andurriales médico doctor no llega. Y menuda suerte han tenido madre e hija que el río no estaba crecido, y ha podido venir la matrona y hasta 6 ó 7 vecinas más, que han ido llegando mientras corrían noticias de lo complicado del parto. Algunas atraídas por vivir el horror de una muerte-nacimiento más, algo para llorar la pena de los demás, que así no tiene una memoria de acordarse de llorar su pena propia. Otras para ayudar como buenamente han aprendido de la experiencia, y de generaciones de mujeres que han parido con más o menos fortuna, con más o menos frecuencia, antes que ellas.
A la guagua la nombran Leonor, porque suena a reina. «Pa que sea Reina. Aunque sea de su propia casa» Tuvo de regalo unos cuantos trapos que le trajo la vecina viuda, eran una camisa del marido y ahora servirán de pañales. Es una niña con suerte, tiene pañales.
Leonor a secas, que su madre apellidos no tiene, y el padre… bueno, su padre fue el viento.
Lo primero que Leonor ha visto del mundo frío y seco donde ha aparecido de pronto ha sido la cara morena y cansada de una mujer, su madre, que no la verá crecer. Una de las dos, las dos quizás, morirá de aquí a que pasen 5 años.
Si la Suerte así lo quiere, Leonor cumplirá 5 años, y no habrá sido uno de esos niños que mueren de hambre cada 6 segundos. Si viviera en África sí será, en cambio, esa 1 de cada 3 que llega a la edad mágica de 5 años. Volvería a nacer, pues. Y esta vez, nace al trabajo, que ya tiene edad suficiente para ganarse el pan que come. O el que comen sus hermanos varones, que los hombres necesitan más comida para crecer, y hay que darles de comer más y primero. Luego lo que sobre, si sobra, se lo pueden comer las mujeres. Que trabajen más si quieren que les llegue la comida.
Pero eso no lo sabremos nunca, porque Leonor es una de esos niños que no existen, porque no están registrados en ninguna parte. Y por eso son tan «prácticos»: se pueden usar, exprimir y tirar, y nadie te viene con milongas de derechos de niño muerto, porque este niño ni está vivo ni muerto. No existe.
Fabricará Leonor ladrillos mezclando barro y paja a la edad que los niños europeos juegan a hacer castillitos en la arena. Pondrá Leonor la masa en moldes de madera que tendrá que llenar y comprimir con sus manitas, con sus pies, para que quede bien compacto cada ladrillo. Como cuando los niños juegan en la playa a llenar un potito vacío de yogurt macrobiótico de fresa. Luego, cuando la masa esté lo suficientemente seca, Leonor tendrá que desmoldar los pesados ladrillos y darles vuelta uno a uno, para que sequen por el otro lado. Después, cargarlos y llevarlos cuesta arriba, descalza, a que los cargue el camión que los lleva a las casitas del barrio alto en una procesión de niños hormiga cargados de la miseria pasada de los padres que tuvieron, la presente propia, y la miseria futura de sus hijos e hijas, que tendrán que tener algún día aunque sólo sea para poder descansar tantito y que trabaje otro por mí, que yo ya trabajé bastante aunque me moriré trabajando, reventada como una mula.
Cuando sus pies sean demasiado grandes para los moldes de los ladrillos, irá Leonor a la fábrica de zapatillas de deporte, donde los dedos de niña son muy apreciados, aunque muy mal pagados, para coser fina y delicadamente los trozos más duros y más recónditos que marcan la diferencia entre un zapato y una marca.
Luego, cuando sus dedos ya torcidos se alíen en contra de ella y le crezcan arrastrando también con ellos al resto de su cuerpo, no servirá para nada y la desecharán.
Adiós, muy buenas, vuelve a tu no-existencia de donde sólo pudiste salir mientras fuiste productiva.
Si su Suerte así lo desea, y llega Leonor a edad de merecer, tendrá que andarse con cuidado.
Los hombres son así de picaflor. Prometen el oro y el moro, y luego cuando te ven la panza se los lleva el viento. Como a tu madre, Leonor, como a tu abuela, como a casi todas las mujeres del pueblo, que luego el cura viene y nos echa en cara lo débil que tenemos la carne las mujeres. Pero y qué culpa tenemos nosotras de colgarnos de los labios de un tarambana engañador y mala persona? Por qué el cura no se mete con los hombres que siempre se ven fuertes y que tienen la carne tan antojadiza? Por qué el cura no condena al Infierno a los hombres que toman con fuerza a las mujeres y las arrastran al infierno de la humillación ? Por qué la víctima tiene que cargar la culpa del crimen, y al hijo, y la vergüenza, mientras el criminal va a misa con carita de santo ?
Pues sí, Leonor está en edad. Ya ha llegado a los 10, y el año que viene parirá un hijo. Con suerte será un hijo. Si su Suerte lo desea, será una pobre hija.
Leonor, 16, Reina de un cuartucho en una chabola donde viven otras 4 familias, se levanta con el sol y sube a la montaña a por agua. La acompañan dos hijas, las dos que saben andar, cada una con una garrafa de plástico vacía, y pagada a precio de oro a uno que las trae una vez al año. Si se rompe una garrafa hay que subir más veces a por agua, así que este cacho de plástico donde caben 5, 10 litros, es tan sagrado como eso que dicen que tienen en la capital: un armario que enfría la comida y que no la deja estropearse.
A Leonor le da rabia ver a sus hijas reventadas bajo el agua de cocer frijoles, pero eso es lo que hay. Nadie en el mundo conoce otra vida y otros están peor que yo. No me puedo quejar, ya me lo repite el señor cura: “Resignación, Leonor, resignación”.
Prepara Leonor la comida del día. LA comida, porque sólo una habrá.
Luego se va al campo, trabaja hasta que alguien le dice que pare. Pare un hijo (afortunado!), corta el cordón y se lo echa a la espalda junto con la otra guagua que carga allá, que todavía no sabe andar.
Llega a su casa Leonor, 20, justo a tiempo para poner la comida a la plebe de gente entre la que vive, y alguien se da cuenta que no carga barriga. «Ay, niña, Leonor, Reina! Cuídate tú ahora, y no dejes que se te acerquen, que 8 barrigas son muchas bocas y no hay cuerpo que las resista!” Consejo de vieja. Se lo dan con cariño, pero Leonor y Vieja, Vieja y Leonor, saben que la mujer no decide sobre su barriga así como no decide sobre su concha. Nunca ha sido así, en ninguna parte del mundo, y culpa es de la mujer que es débil y el hombre la toma cuando quiere.
Y Leonor sonríe y sólo piensa que cuanto antes se le agote el cuerpo, antes morirá, que en vida no hay quien descanse.
Pero si ni leche me sale. 10 dientes me quedan en la boca de los que tenía, Vieja, y la leche que no viene. Yo no se si esta guagüita también se me morirá, que la criatura chupa y chupa, y de mis pellejos no sale un ay. Y sin leche viene otra guagua en 9 meses, Vieja, que así es la vida y así son los hombres.
Se acuesta Leonor entre el fruto de su vientre, siempre maravillada que al llegar el día todos viven y ninguno se le aplastó.
Se levanta y va a por agua.
Hace la comida y se va al campo.
Vuelve y pone de comer.
Friega como puede y se acuesta.
Alguna de sus hijas ya no vale para la fábrica y está rondando a ver dónde puede caer a morir, digo a seguir respirando.
De cuando en cuando parirá Leonor otra hija, y se morirá doblemente cada vez: una vez por todo lo que se le agota el cuerpo, y la otra porque se le agota el alma de saber qué mañana le espera a su hija.
Aunque también se le agota el alma cuando le nace un hijo, pensando en el mañana que él le va a dar a la hija de otra mujer, pobre mujeres, pobres hijas.
Algunas veces Leonor ya no sabe si vive o murió y llegó al Infierno, a purgar las penas de todas las mujeres desde la madre Eva que fue la primera. Así de dura es su vida, así de duro es ser abuela a los 24.
Lloró cuando lo supo, pero no supo si lloraba o no. Lloraba su alma en todo caso, que toda su agüita la necesitaba para rellenar la barriga para la nueva guagua y al cuerpo no le llegaba hacer lágrimas y líquido amniótico al mismo tiempo.
Le pide a su hija que no la llame Leonor, que será nombre de Reina, pero lo llevan esclavas.
Algún día se muere Leonor de vieja a los 30 años dejando 12 hijos de los cuales 4 son afortunados y 8 mujeres.
Sus hijas nunca conocerán más vida que la que llevaron otras Leonor; madres, abuelas y bisabuelas.
Todo es cuestión de nombre.
Por esto no lo sabremos nunca, porque Leonor no existió, no tuvo nombre.
Como todo el mundo, como es normal.
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